Durante mi adolescencia tardía, en los años de insatisfacción laboral, fui a visitar a un terapeuta amigo de aquel que me recetó unas pastillas homeopáticas para proporcionarme vigor. Me acompañaba mi dulce padre, quien en silencio me daba su apoyo.
El terapeuta, tras tomarme el “pulso chino” afirmó:
- Siento que vives con miedo
Yo, en ese momento no supe que responder, pues no era consciente de tal realidad, si bien dicha afirmación se quedó rondando en mi cabeza.
Como la vida tiene esa magia, poco tiempo después, vitrineando libros, me crucé con uno cuyo nombre era: “Miedo a la Vida ” de Alexander Lowen
En su prólogo se explicaba:
Si a un niño se le “quiebra el espíritu” a fin de que se amolde al sistema, castigando sus exuberantes sentimientos amorosos y sensuales, a partir de entonces los suprimirá. Su espíritu quedará aplastado por la vergüenza sufrida, y cuando sea adulto ésta se manifestará en sentimientos de culpa e inseguridad neurótica. Tendrá miedo de la vida y procurará ponerla bajo control. En vez de aprender a “ser” le obsesionará el “hacer”, el desempeño que silencie sus temores. Atrapado en una cultura en la que el poder y el progreso son los valores predominantes, no encontrará satisfacción ni paz.
Hace algunas noches, nadando en la paz de mi piscina, dando gracias a Dios por todo lo que me ha regalado, me preguntaba:
- ¿Y si de repente los doctores encontrasen un alienígena dentro de mí, queriendo devorarme y quitarme la vida? ¿Cómo me sentiría?
En ese momento fui consciente de que no tengo miedo a la muerte:
Considero que la vida mil veces me ha sido regalada y que me puede ser arrebatada en cualquier momento.
Me sorprendo día a día con las maravillas de la creación, con un rayo de luz, con una gota de agua, con la influencia de la luna, con los logros del ser humano…
Me enorgullezco de la simpatía y ternura de mis hijos, de sus sentimientos y de su inteligencia.
No me importaría despegarme de ellos. Si muero mi espíritu les observaría de cerca, alegrándose con sus éxitos, riéndose de sus fracasos…
No temería por ellos pues sé que la vida te da y te quita a capricho. Ellos aprenderían a vivir con lo que tienen, como cualquier otro.
No sólo eso. También siento que he hecho todo lo que un hombre puede hacer. Lo que queda por hacer no son más que apéndices a la historia de mi vida, que están por escribirse.
Quien aprende a vivir dando gracias a Dios por todo no teme morir, pues sabe que todo le ha sido dado, que nada le pertenece.
Mi pequeño Alex me decía hace no mucho tiempo:
- Papá, yo no quiero morirme.
- Te entiendo hijo. Cuando yo era pequeño sentía igual.
Cuando yo era pequeño sentía terror por la idea de ir a la guerra. No quería que me matasen, ni tener que matar.
Ahora he vivido una guerra muy de cerca. El ejemplo de Mohamed AlMadani, quién tras ser herido en una pierna volvió a levantarse para volver a ofrecer a sus enemigos la paz y como consecuencia de ello ser herido de muerte, me hace aprender del espíritu del héroe.
Alexander Lowen en su libro nos explica:
La muerte es el sino del que nadie escapa. La pregunta, entonces, es: ¿Cómo morir? Puede morirse como un héroe o como un cobarde, la diferencia está en que el héroe enfrenta la muerte sin miedo. ¿Qué hace de un individuo un héroe y de otro un cobarde? Para responder a esta pregunta, debemos reconocer que lo que caracteriza al héroe es su modo de vivir, y no su modo de morir. Yo describiría a un héroe como una persona que no teme la vida, que puede hacerle frente y, porque no le teme, tampoco teme morir.
En la paz de mi piscina
