Hijo mío

Escucha mis palabras antes de marcharme:

Te encontré durmiendo en la cocina de una escuela de arte.

Te llamaban secretario.

Trece años después te dejo tal como te encontré, pero hecho un hombre.

Pronto tú también marcharás más allá de los Andes.  Deseo que en tu viaje llenes muchos de los muchos vacíos con los que todos cargamos en nuestras vidas y, de esta forma, vayas encontrando la armonía que finalmente te traerá paz y sosiego.

Hijo mío, aunque no me siento culpable, quiero pedirte disculpas por todo el daño que te he podido causar a lo largo de estos años: tuve que aprender a ser padre de repente. 

Creo que siempre he calculado mal tu edad, exigiéndote responsabilidades superiores a las que te correspondían. También creciste viéndome aprender a ser esposo, comiéndote todos los marrones del desentendimiento.

Nunca sientas que has perdido el tiempo. Tú has recorrido un camino diferente y por ello estás más preparado que otros para enfrentar la vida.  Poco a poco empezarás a ver las cosas claras y sabrás hacia donde dirigir tus pasos.

Sólo te pido que nunca dejes de esforzarte… sin prisa.  Busca siempre la virtud, primero en el diccionario, después en tu vida.