El día que Eva y yo decidimos aventurarnos a marchar al aeropuerto con los niños para dejar Libia tuvimos la suerte de enterarnos de que una gran empresa española nos convocaba a todos los desamparados para viajar con ellos de vuelta a España.
Todos los que allí nos encontrábamos comentábamos: “dentro de un par de semanas estaremos de regreso”.
El tiempo pasa y ya nos hemos hecho a la idea de que el conflicto tardará en resolverse.
Todos saben que tarde o temprano el régimen caerá pero su líder tiene fuerza y ha decidido negociar con sangre. Es una negociación audaz: todo o nada.
Y mientras esperamos al regreso no paramos de preguntarnos por nuestros amigos. Nuestros pensamientos vuelven a esa tierra que nos dejó huella.
Ahora yo me esfuerzo por reflotar SPUTNIK, la escuela que con ilusión iniciamos en Almería y que, con nuestra marcha a Libia, comenzó a decaer considerablemente. Ahora esta escuela es lo único que nos queda.
Enseño idiomas a los muchachos. Les animo a aprender y les transmito con entusiasmo las grandes oportunidades que pueden disfrutar aprendiendo otras lenguas.
Eva ha encontrado trabajo en Madrid y mi familia ya no me seguirá a Trípoli cuando todo esto acabe. Antonio ha contactado con su familia en Chile y probablemente marche más allá de los Andes para descubrir nuevos horizontes.